Eran días del verano del 2006 y yo junto a mi pareja disfrutábamos nuestras merecidas vacaciones luego de haber tenido un año académico que requirió de mucho esfuerzo.
Decidimos ir a mochiliar hacia el sur. Los pasajes hasta Osorno lugar en el que tuvimos que quedarnos más de lo previsto, producto de haber olvidado nuestra carpa para dos personas en el automóvil de mis padres. Una vez que contamos con nuestra carpa nos dirigimos hacia todo lugar hermoso de nuestro país protegido y declarado reserva nacional de la naturaleza. Disfrutamos mucho el estar en contacto con la pachamama y conocernos más a fondo y amarnos de gran manera. Mi acompañante, mi novia, mi hembra, era y sigue siendo un mujer bellísima, lo cual anticipé me traería más de una molestia. No soy un hombre inseguro, celoso, confiaba lo suficiente en ella, hasta que llegamos al famoso camping del abuelo Peto en Cucao, lugar en el que había sólo una mujer mochilera quien más mi mujer serían dos. El resto eramos sólo hombres bohemios dispuestos a beber, a volarnos, a saborear corderos al palo y a cantar canciones alrededor de una fogata. Todo hasta allí marchaba sin problemas, pero el tiempo siempre conspira con nuestra alegría, haciéndole una trancadillas obligándonos a replantear y solucionar nuestros inconvenientes. Entre toda multitud que se encontraba en el lugar había un hombrecillo que tal vez no sobrepasaba los veinte y cinco años, pero solía comportarse como un supuesto líder dentro de nosotros, ya que tenía algo de hierba con la que se movía por los diferentes grupos consiguiendo su aceptación entre ellos. Este osado joven una noche invitó a mi mujer a ir a su carpa a buscar porros, evento que a mi él solicito con cierto respeto. Yo acepté confiando en mi novia y no le di mayor importancia al asunto.
Transcurrió un día y una noche, y nuestro dinero desapareció de nuestra carpa, suceso que nos desanimó, enojó y nos motivó a pensar en quien podría a ver sido el responsable. Allí las conjeturas no fueron muchas, ya que de todos los mochileros de aquel inolvidable verano ese, el que contaba con el perfil más cercano a ser un "doméstico'' era este divertido hombrecillo que luego de enterarnos del robo, mi pareja me confesó que este desgraciado hombrecillo que ya había sido echado por el dueño del camping, le pidió a ella un beso, si tal como suena, un beso, el cual mi mujer rechazó y gatillo en una "molestia'' para él, motivo por el cual decidió robarnos. Créanme, una vez enterado de su expulsión minutos antes de haber nosotros vuelto al grupo, ya que habíamos salido a comprar pan calentito, amasado por la amable y queridas personas del lugar, decidí armarme con un cuchillo carnicero y comencé a trotando para igualar la distancia que me llevaba el patas negras. Para su suerte no lo alcancé y yo tuve que regresar molesto al grandioso camping del abuelo Peto.
Decidimos ir a mochiliar hacia el sur. Los pasajes hasta Osorno lugar en el que tuvimos que quedarnos más de lo previsto, producto de haber olvidado nuestra carpa para dos personas en el automóvil de mis padres. Una vez que contamos con nuestra carpa nos dirigimos hacia todo lugar hermoso de nuestro país protegido y declarado reserva nacional de la naturaleza. Disfrutamos mucho el estar en contacto con la pachamama y conocernos más a fondo y amarnos de gran manera. Mi acompañante, mi novia, mi hembra, era y sigue siendo un mujer bellísima, lo cual anticipé me traería más de una molestia. No soy un hombre inseguro, celoso, confiaba lo suficiente en ella, hasta que llegamos al famoso camping del abuelo Peto en Cucao, lugar en el que había sólo una mujer mochilera quien más mi mujer serían dos. El resto eramos sólo hombres bohemios dispuestos a beber, a volarnos, a saborear corderos al palo y a cantar canciones alrededor de una fogata. Todo hasta allí marchaba sin problemas, pero el tiempo siempre conspira con nuestra alegría, haciéndole una trancadillas obligándonos a replantear y solucionar nuestros inconvenientes. Entre toda multitud que se encontraba en el lugar había un hombrecillo que tal vez no sobrepasaba los veinte y cinco años, pero solía comportarse como un supuesto líder dentro de nosotros, ya que tenía algo de hierba con la que se movía por los diferentes grupos consiguiendo su aceptación entre ellos. Este osado joven una noche invitó a mi mujer a ir a su carpa a buscar porros, evento que a mi él solicito con cierto respeto. Yo acepté confiando en mi novia y no le di mayor importancia al asunto.
Transcurrió un día y una noche, y nuestro dinero desapareció de nuestra carpa, suceso que nos desanimó, enojó y nos motivó a pensar en quien podría a ver sido el responsable. Allí las conjeturas no fueron muchas, ya que de todos los mochileros de aquel inolvidable verano ese, el que contaba con el perfil más cercano a ser un "doméstico'' era este divertido hombrecillo que luego de enterarnos del robo, mi pareja me confesó que este desgraciado hombrecillo que ya había sido echado por el dueño del camping, le pidió a ella un beso, si tal como suena, un beso, el cual mi mujer rechazó y gatillo en una "molestia'' para él, motivo por el cual decidió robarnos. Créanme, una vez enterado de su expulsión minutos antes de haber nosotros vuelto al grupo, ya que habíamos salido a comprar pan calentito, amasado por la amable y queridas personas del lugar, decidí armarme con un cuchillo carnicero y comencé a trotando para igualar la distancia que me llevaba el patas negras. Para su suerte no lo alcancé y yo tuve que regresar molesto al grandioso camping del abuelo Peto.
