Mire la hora en mi celular y comprendí rápidamente que debía dar por finalizado el quilombo junto a mis amigos, no porque tuviera otro compromiso, sino porque tenía que alcanzar los últimos microbuses que me llevarían hasta mi hogar.
Me despedí de mis compañeros y conté el dinero que me quedaba, mientras tanto encendía mi último cigarrillo. Por el camino hacia el paradero comencé a darme cuenta que me encontraba bastante mareado, producto de tanta combinación alcohólica que le había suministrado a mi organismo.
Ya eran alrededor de las 12:30 y desde lo lejos conté sólo a siete personas en los paraderos y con alrededor de seiscientos pesos en mis bolsillos decidí ir a comprar un cigarro en los puestos de sopaipillas que aún permanecían abiertos. Mientras me dirigía hacia los puestos me percaté de unos llantos de mujer y al enfocar mi atención creí que se trataba de una discusión de pareja por lo que proseguí mi camino.
Al pasar de vuelta por aquel paradero no pude con mi curiosidad y también con mis ansias inconcientes de conocer a aquella mujer que no paraba de llorar. Pasé cerca del paradero y me detuve justo frente a la joven quien al verme allí, se levantó del asiento y pidiéndome ayuda caminó hacia mi. Noté que la joven tenía lastimado uno de sus pies por lo que no pude impedir que ella se sujetara fuertemente de mi cuello mientras yo la sujetaba de su cintura. Caminamos hacia otro paradero mientras trataba de consolarla, fue en ese momento cuando, me enteré del accidente que la mujer había sufrido, y de paso, de su nombre.
Sin lugar a dudas Michelle sentía mucho dolor en su tobillo, el que rápidamente creí padecía de un esquince, por lo que traté de alivianarle su dolor diciéndole que yo también había tenido tiempo atrás esa contractura en mi tobillo por lo que no debía preocuparse demasiado, pero ella no paraba de llorar y de pedirme que la ayudara. Sin saber que hacer cambié de táctica y comencé a hablarle sobre mi vida y de paso preguntarle por la suya, en ese instante la joven paró de llorar y tuve tiempo para reiterarle que la ayudaría, que junto a mi se encontraba segura. Cuando terminé de proferir esas palabras me percaté que alguien nos había estado siguiendo, mi mente alcoholizada hizo un gran esfuerzo por recordar aquella cara, comprendiendo que se trataba de un joven que quiso ayudar a Michelle en el otro paradero, y que nuevamente quería prestar colaboración a mi protegida. En seguida le hago entender que su ayuda no la necesitaríamos y viendo él que ya no era imprescindible en el lugar me pidió un cigarrillo y se marchó.
Habían pasado casi treinta minutos y ya casi no quedaba gente en los paraderos, por lo que al ver a lo lejos el microbus que se acercaba hacia nosotros y escuchar el grito característico de “a la plaza a la plaza” me alegre un tanto al saber que aquel bus nos servía a mi y a Michelle, por lo que saque el dinero y le ayudé a subir a este. Pagamos quinientos pesos por nosotros dos y estando dentro del microbus busqué un asiento para Michelle quien se sentó lenta y dificultosamente. El hombre que estaba en el asiento de al lado me ofreció su puesto y yo agradecidamente acepté. Sentados ya los dos, comenzamos a descansar del que había sido un viernes de juerga. Al llegar a nuestro destino descendimos ambos del bus, como quienes vuelven abatidos de un combate y se mantienen juntos en pie. Los colectiveros que en el sector trabajaban competían por llenar los asientos de sus vehículos con nosotros, pero nosotros decidimos caminar hacia otro lugar y salir del tumulto bullicioso que había en el lugar. Estando lejos del ruido de aquella plaza céntrica de Maipú, pensé en lo que aún me faltaba por recorrer para llegar a mi casa, pero todavía tenía que dejar a Michelle en dirección al lugar en donde la esperaban, por lo que le pregunté a donde debía llegar, para así saber en que paradero debía dejarla, pero había algo que aún no sabía y mantenía mi mente libre de preocupaciones por el tiempo y la distancia y eso era su número telefónico. Al parecer ella, al igual que yo, no recordaba su número, por lo que me pidió que yo le anotara el mío en su celular, acción que yo realicé con mucho agrado, puesto que en mi existía una fuerte intención de volver a verla y poder juntos disfrutar un inolvidable fin de semana.
Ella agradecida de la ayuda que le había brindado y yo con la certeza que la volvería a ver, unimos nuestros cuerpos, sus brazos y manos rodearon mi cuello y las mías su cintura, y un cálido beso brotó de nosotros. Una vez que terminamos de besarnos, Michelle me pidió que la llevara hasta el paradero de los colectivos que minutos atrás rechazamos sus servicios, pero ella no podía mantenerse en pie producto del dolor en su tobillo por lo que tuve que llevarla en mis fuertes brazos hasta el lugar en el que estaban los colectiveros. Junto a estos, nos detuvimos y ella se sentó en el asiento de aquel paradero en donde ambos manifestamos querer volver a vernos, pero la voz de uno de los choferes que nos avisaba que ya partía su vehiculo y por lo tanto ella debía subir a el, interrumpió nuestra plática y tuvimos que ponernos de pie, y no pude impedir que un fuerte deseo se apoderara de mi y se manifestara en un acercamiento que buscaba su boca para besarla nuevamente mientras mis decidas manos iban a parar bajo su chaqueta y acariciaban la delicada piel de su cintura. Finalmente tuvimos que separarnos puesto que el conductor amenazó con marcharse sin ella y pude ver a través del vidrio del automóvil por última vez sus hermosos ojos verdes alejarse de mi.
Ya era bastante tarde, casi las dos y media de la madrugada, con tan sólo ciento cincuenta pesos en mis bolsillos me dispuse a comprar mi último cigarrillo y emprender el camino a casa, ansiando que se normalizara la situación del Transantiago, pues no deseaba volver a caminar sin una mujer a mi lado, a esa hora y cuarenta cuadras.
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